Autoayuda política

Iván de la Nuez

Empecemos por Stéphane Hessel, que hace un par de años publicó un libro breve y conminatorio: ¡Indignaos!. Era nonagenario, había nacido el mismo año de la revolución bolchevique y acarreaba una larga historia como combatiente de la resistencia francesa, superviviente de los campos de concentración y redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

¡Indignaos!, publicado por Destino, se convirtió de inmediato en un best seller. No era un panfleto más, sino el panfleto que todo joven debía blandir frente al secuestro de la política por parte de los poderes financieros.

Cuando salió este libro, ya circulaban en España otros textos que enfrentaban el presente con imaginación, profundidad y, en caso de necesidad, vitriolo para aderezarlos. Es el caso de La Economía no existe, de Antonio Baños (2009) o Fin de ciclo, de Isidro López y Emmanuel Rodríguez (2010). El hecho de que estuvieran publicados por Ediciones del lince o Traficantes de sueños, demostraba no sólo un cambio de perspectiva generacional o conceptual, sino también un desplazamiento editorial . Sellos como Icária o Libros de la Catarata, Angle Editorial o Dibbuks, entre otros, intentaron marcar una diferencia que iba desde el precio de los ejemplares hasta el enfoque de los temas, pasando por el diseño y el formato de las presentaciones. Paradójicamente, ¡Indignaos! dinamitó esa tendencia editorial -todos los grandes grupos fueron a la caza de su Hessel- y funcionó asimismo como compuerta. Una vez abierta, la avalancha desbordó las librerías con incontables imitadores abonados al libro anti-sistema, el manifiesto de urgencia, el libelo de batalla… Si esto ocurría con las ediciones de papel, el revival del panfleto en Internet fue, literalmente, inabarcable.

Desde que Marx y Engels lanzaran en 1848 el Manifiesto Comunista, la madre de todos los panfletos, y medio siglo más tarde Zola esgrimiera el Yo acuso, este género con raíces en el libelo romano no había conocido una remoción tan brutal.

Para funcionar, el panfleto debe obedecer a unas claves. Se da por sentado que desvele una verdad oculta y que se lance contra el poder (aunque la figura del panfleto oficial tiene larga historia). Se sobrentiende que sea efectivo y hasta autoritario: ¡Uníos!-¡Reacciona!-¡Actúa!-¡Yo acuso!-¡Indignaos!-¡Comprometeos!

Más que responder a las dudas, sobre todo debe disiparlas.

El panfleto es a la política lo que la autoayuda a la psicología. Ofrece un oasis y una certidumbre. No hay buen panfleto que no resulte euforizante.

Aunque no le falten buenas intenciones, el panfleto es un terreno perfecto para los oportunistas. Y si bien es verdad que el género nos ha proporcionado alguna obra maestra, hurgando un poco nos percatamos de que las que califican como tal son, en realidad, textos travestidos. El contrato social es un panfleto disfrazado de ensayo como el Manifiesto Comunista es un ensayo disfrazado de panfleto.

La fiebre panfletaria ha conseguido modificar el criterio editorial del ensayo. Así que no pocos editores –con el “potencial de venta” y no la toma del Palacio de Invierno en su horizonte- se han lanzado en tromba por un género que le ofrece al lector una confirmación y no una perplejidad. A partir de ahí, las montañas de libros con esa autoayuda ideológica cuyo cóctel mezcla sin problemas a Paulo Coelho con la lucha de clases.

Que el Manifiesto Comunista siga siendo el panfleto más vendido, deja sin embargo en dificultades esa apuesta comercial. ¿Tanto remar para llegar al punto de partida?

Por el momento, el verdadero damnificado del apogeo del panfleto no ha sido el capitalismo, sino el ensayo: un texto armado con interrogantes tiene todas las de perder ante un texto que se parapeta entre signos de admiración. Las certezas venden más que las dudas; regla básica del panfleto y también, por cierto, del mercado contemporáneo.

(*) Publicado en Babelia, El País, 10 de noviembre, 2012.

(*) En la imagen: Karl Marx, de Lázaro Saavedra.

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