El arte por venir

Iván de la Nuez

Los museos europeos están viviendo su vía crucis –más bien su vía crisis- en estos días. Algunos ya han cerrado, otros se declaran al borde de la quiebra, casi todos se ven obligados a reducir sus programas de exposición. Y muchos se plantean la supervivencia a base de entrar en una fase de regresión en el tiempo.

Basta con echar un vistazo a la próxima temporada para constatar el retorno del pasado. Unas veces reciente, otras remoto, con un evidente predominio de las colecciones, los “repertorios clásicos” (como se dice en la Ópera) o la exaltación local, aunque sólo sea por la imposibilidad de costear proyectos internacionales.

Así las cosas, será cada vez más difícil que las instituciones ejerzan alguna tarea de anticipación, más o menos fiable, sobre lo que están haciendo los nuevos artistas (esos que, se supone, están llamados a marcar las líneas del futuro). Cuando se nos repite por todos lados el estribillo de que los jóvenes se han “quedado sin futuro”, ¿cuál sería, entonces, el arte futuro de unos artistas que no lo tienen?

Hace medio siglo Blanchot le hizo esta pregunta a la literatura en El libro que vendrá. Allí, el capítulo “De un arte sin porvenir” no puede ser más explícito. Lo paradójico es que, precisamente en esa falta de destino, están cifradas las claves para entrever el mañana.

-Cualquier arte se origina en una carencia excepcional.

El arte futuro de una vida sin futuro tendría, según Blanchot, al menos una ventaja. Y es que el artista o el escritor –Blanchot los amalgama sin mucho distingo- ya vendrían despojados del deseo de alcanzar “el poder y la gloria”. Una insuficiencia que, por otra parte, se bastaría para dotar a las obras con otro sentido y modificar, tanto la experiencia del autor como la del encargado de leer o interpelar sus creaciones.

El futuro de Blanchot –que es donde estamos- prefiguraba una situación de “extraordinario batiburrillo que hace que el escritor publique antes de escribir, que el público forme y transmita lo que no oye, que el crítico juzgue y defina lo que no lee, que por último, el lector haya de leer lo que aún no está escrito.” Un horizonte en el que –bajo su dispersión- las obras estarían, sin embargo, abriéndose paso hacia “una nueva unidad”.

En esa circunstancia, al arte del porvenir pueden aguardarle, al menos, tres avatares posibles. Uno, actuar como ironía de lo que fue y de lo que ya no podrá ser. Dos, afianzar su tendencia creciente a suceder como texto, y disfrutarse u odiarse como lectura. Una tercera eventualidad vendría servida por un rudimento más discreto, que suplantaría este tiempo marcado con el superávit de obras posibles por una era singular de obras necesarias.

(*) Publicado en Tormenta de ideas, El País, 14 de enero, 2012.

(*) En la imagen: Mirar. Ver. Percibir, de Antoni Muntadas.

4 comments ↓

#1 maldito menendez on 01.16.13 at 11:42 am

La humanidad no es tan importante como para quedarse sin futuro. El futuro existe independientemente de nosotros y nuestros hijos tienen futuro en él, tan impermanente e irrelevante como siempre. Lo que está muriendo es el presente o mejor dicho, siempre está muriendo el presente, pero el crecimiento y la aceleración desbocados que experimentamos en la actualidad nos permiten percibirlo con mayor claridad. A su vez, esa aceleración y multiplicación están haciendo mutar la atención y sensibilidad del público.

De igual forma que la TV se va quedando obsoleta frente a los dispositivos informáticos, el arte que no sea interactivo pasará a convertirse en arte clásico, antiguo. El nuevo arte del siglo 21 funciona de forma cuántica: el artista puede ser espectador y creador al mismo tiempo y viceversa, pues la estructura de su creación es interactiva, colectiva y dinámica; no solitaria, rígida y egocéntrica, como la del arte convencional. El nuevo artista no acapara tanto mérito para sí solo, como es costumbre, sino que lo comparte, con decenas, cientos, miles, millones de personas. Mientras más colectiva sea una obra, menos tóxica será para el ego de sus creadores y mayor será su poder de transformación de la realidad.
El artista clásico trataba de interpretar la realidad y luego compartía sus resultados con el público, que era el resto de la humanidad, iba a la vanguardia, como un explorador; pero en esta nueva era ya nadie quiere ser espectador; todos queremos ser creadores y, no ya explorar e interpretar, sino transformar la realidad.

#2 judith G. on 01.22.13 at 4:57 am

“ El arte futuro de una vida sin futuro tendría, según Blanchot, al menos una ventaja. Y es que el artista o el escritor (…) vendrían despojados del deseo de alcanzar “el poder y la gloria””. Probablemente en un sociedad anti-utopica, sin futuro, los valores actuales van a ser de signos negativos ; consecuentemente, no tendrá sentido o será peligroso poseer “ poder y gloria”. Entonces, me atrevo a pensar, sin para nada querer remendar la plana al gran Blanchot, que este “despojo” incluirá a todos por igual, independientemente de si un individuo es o no artista. By. Judith G.

#3 IváN on 01.22.13 at 7:20 am

Maldito y Judith: Muchas gracias por sus comentarios, que son más valiosos que el post. Saludos.

#4 ahmedgomez on 01.22.13 at 8:50 pm

Peligro! con la idea del arte por venir, es esa tendencia tan de moda en las metodologias del momento, como deducir el arte mismo de la logica del discurso, lo cual produce inevitables _coincidencias_? , y una sensacion de agotamiento casi inmediato ,como de pelicula del Oeste.

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