Crítica úrica

Iván de la Nuez

Siendo todavía joven, durante la Pascua de 1932, Sartre visitó la tumba de Chateaubriand en Bretaña. Una vez allí, le brindó un homenaje “canino” (como ha calificado Cristopher Domínguez Michael ese gesto) y se orinó sobre ella…

Se cuenta que Santiago Bernabeu, el presidente más famoso que ha tenido el Real Madrid, hizo un viaje relámpago a México con el único objetivo de visitar el cementerio y mearse en la tumba de un periodista enemigo al que le había hecho esta promesa…

El escritor chileno Eduardo Labarca visitó en Ginebra el lugar donde reposa Jorge Luis Borges y le dedicó una micción de “homenaje al maestro y repudio al ciudadano”. Dos objetivos cumplidos al precio de una sola meada…

Orinarse sobre los muertos es, en parte, transmitirles un poco de vida, aunque sólo sea por el hecho de compartir con ellos un fluido tan primario. También hay atropello en este acto: no porque algunos muertos sean inocentes, sino porque ya no pueden defenderse.

Desde Aquiles, emprendiéndola contra el cadáver de Héctor, hasta el escándalo reciente de los soldados norteamericanos orinando sobre los talibanes afganos abatidos o los enemigos de Gadafi vejando sus restos, se estira la vieja costumbre de llevar la guerra hasta un estatuto postmortem. Cuando la muerte no es suficiente, hay que dar paso al escarnio. No basta con matarte, encima hay que mancillarte.

Muchos dan por sentado que la historia del arte contemporáneo empezó con un urinario. Ese que Marcel Duchamp introdujo en la galería para concederle, así, la categoría de “obra”. Su ready made le valió a Octavio Paz para encumbrar a Duchamp junto a Picasso en lo más alto del arte del siglo XX. Desde entonces, mucho ha hablado la crítica del famoso urinario, aunque muy poco del contenido del recipiente. Una crítica muy poco úrica pese a estar motivada por un meadero (todo lo contrario a los textos, más abundantes, sobre la mierda de Manzoni por ejemplo).

Como si el arte de Marcel Duchamp no se hubiera caracterizado, y de manera muy acusada, por traspasar el objeto y exponer los contenidos. Y como si el suyo, en fin, no hubiera sido -otra vez Paz- “un puntapié contra la obra sentada sobre su pedestal de adjetivos”. Un chorro sonoro sobre los mausoleo del arte.

(*) En la imagen: Borges en San Ildefonso. Fotografía de Rogelio Cuéllar, México, DF. 1973.

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