La guerra civil

Iván de la Nuez

Cada vez que ocurre una matanza como la de Connecticut, los muertos, como si ya no tuvieran suficiente con su dosis de plomo, son rematados por los eufemismos. Con ese maquillaje verbal empleado para no reconocer que allí y en Caracas-Irak-México-Liberia-Afganistán, estamos hablando de las bajas de una guerra expandida; blancos móviles o “daños colaterales” de una conflagración que insistimos en valorar desde su calificación delictiva, psiquiátrica o sociológica.

No hay causalidad infalible capaz de hilvanar la extensión de la muerte en nuestros días. Ocurre en la pobreza y en lugares con alta renta per cápita. Ocurre bajo el terrorismo y en una tranquila isla nórdica. Ocurre bajo el influjo del narcotráfico y bajo la influencia de los videojuegos más sofisticados. En gobiernos abonados al socialismo del Siglo XXI y en la, así llamada, primera democracia del mundo. En países cristianos y en países musulmanes…

La única regularidad la ponen los muertos.

Seguir pensando, a estas alturas, que esos muertos son víctimas de meras acciones de la delincuencia o del trastorno súbito de un chalado es algo frente a lo que deberíamos sublevarnos si no queremos avanzar en la complicidad.

La guerra civil de hoy se define, literalmente, como una guerra entre civiles.

Entremedio, vamos extendiendo la alfombra roja para que desfilen los dueños del cotarro. Ellos sí lo han entendido perfectamente; como también entienden que su oficio consiste en simular que son los protagonistas de esta contienda.

(*) Lo que suena es Civil Wars, de David Byrne.

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1 comment so far ↓

#1 tres on 12.18.12 at 2:36 pm

La primera vez que sentí pánico de esa regularidad de guerra social de la que hablas fué en Puerto Rico, cuando salí de Cuba en el 93. Las casas era jaulas, pero no con las rejas curvas preciosas y detalladas de La República Dominicana, sino burdas rejas zoologicas como construidas urgentemente bajo ráfagas de tiros. Estábamos en casa de amiguitas de la infacia del ingenio azucarero donde creció mi mamá, que para entonces ya eran señoras de sesenta y pico largo y por las mañanitas y en las tardes salían a tomar café a los portales calabozos y en tres meses, tres veces las ví tirarse para el suelo con tremenda agilidad, porque pasaban carros abriendo fuego y las señoras esas se levantaban del suelo como si fuera normal, como si en vez estuvieran gritando abajo …llegooo la cahhhnee y eso es lo que más me impresionaba, que ni siquiera llamaran a la policía, y eso que vivian en un buen barrio y tenían plata aunque no leian libros. Con todo y eso yo por supuesto que me escapaba con amigos de mi edad a comprar yerba y merca por la perla como si fuera Cayo Hueso y en más de una ocasion pensé que de allí no saldría. En el norte de la India, cruzando los Himalayas para Pakistan, aunque ya advertidos, caímos en un cruce de fuego, era una guerra real, mucho terror de igual modo, tuvimos que salvar a un niño nómada que se desangraba, pero no era lo mismo, aquello era un episodio regular pero aislado al mismo tiempo. Los video juegos, no nos estarán ayudando a desensitiizarnos? Estoy de acuerdo contigo en eso de que hay que sublevarse ante esa nueva normalidad. Por eso a veces me parecen mejores los problemas que causan la falta de libertad en vez de los de la presencia de esta. Chiao y buenos días.

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