Lenin en HBO

Iván de la Nuez

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Entre los mensajes que fluyen de las teleseries actuales, hay uno que se repite bajo cualquier circunstancia: el poder lo es todo. Da igual si se trata del más evidente poder político –Boss, Borgen, El ala Oeste de la Casa Blanca, House of Cards-, o si se abordan otros poderes conectados a este: el poder del tráfico de drogas –Breaking Bad-, el poder de la imagen –Mad Men-, el poder de la mafia –Los Soprano– o, simplemente, el poder que concede el mismo acto de matar –Dexter.

El recado es inequívoco. Si estás dentro del poder (el que sea), eres alguien. Si estás fuera del poder (el que sea), no consigues nada. Incluidas las buenas acciones, que sólo pueden llevarse a buen puerto si los protagonistas entran en la élite que decide y manda.

En ese juego, nadie se libra de mancharse, cometer grandes o pequeños delitos, corromperse. El que quiere algo, debe pactar con el diablo. Por eso las series tienen tanto de Shakespeare como de Goethe. Nos remiten a Hamlet, pero también a Fausto.

Si, como decía Lenin, “todo lo que no es poder es ilusión”, las series contemporáneas son, también, algo leninistas. Sólo que, desde ellas, toda la ilusión debe convertirse en poder.

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