Precipitarse para no caer al precipicio

Iván de la Nuez

Rubert

 

Xavier Rubert de Ventós ha tenido una vida llena de lugares y, tal vez por eso mismo, una vida fuera de lugar. Demasiadas plazas conquistadas en su biografía, casi todas confortables, en las que sin embargo a menudo suena la alarma avisando que ha llegado el momento de irse con su música a otra parte. Tal es la situación del filósofo que busca asidero en la política, o la del humanista que alcanza academia en la arquitectura, o la del abducido por América Latina que se sienta en un escaño del parlamento europeo, o la del nacionalista que sospecha de las fronteras, o la del que escribe un dietario casi de ultratumba y acaba viéndolo publicado en vida…

Estas contradicciones tensan un libro como Si no corro, caic / Si no corro, caigo. Un artefacto construido para disparar en modo ráfaga, surgido de esa libreta inseparable en la que el autor ha ido notificando –de día en día y de ciudad en ciudad- su incertidumbre. Una libreta que, en cualquier caso, permite afirmar sin tirar de metáfora que estamos ante un escritor en su propia tinta. Con la prosa enfilada, según el caso, más arriba del protocolo o “más abajo de donde llega la lengua”, como pedía Artaud.

En una cuerda que algunas veces recuerda al Nietzsche de Más allá del bien y del mal, y otras al Joseph Joubert recogido en Sobre arte y literatura, De Ventós esparce estos nanoensayos portadores de un arte sintético al que, a estas alturas, no le queda nada por demostrar ni por rectificar. Unos textos sin vuelta atrás, “papeles póstumos” publicados, paradójicamente, en vida del filósofo.

Aquí se atienden los problemas del mundo triturados, eso sí, por el turmix de una cocina personal. Dejando que el espíritu “haga chup-chup con cierto desasosiego”. Da lo mismo si se trata de grandes eventos de la historia o la procreación, el amor o la vejez, el dinero o la muerte.

Y aquí se dejan caer Gómez de la Serna, Antonio Machado, Walter Benjamin, Salvador Espriu o la desgracia de la escritura para dar aliento a esta fuga en zigzag capaz de arramblar, sin jerarquía aparente, con lo sublime y lo cursi, lo fugaz y lo imperecedero, lo grave y lo cómico, la preocupación por la constitución de Europa y la constatación de sentirse masoquista.

“Es quan descobreixo una pista que m’acusen de despistat” / “Es cuando descubro una pista que me acusan de despistado”.

“El meu gust no és sempre el meu talent; ni el meu desig, la meva competència; ni el meu saber, la meva experiència” / “Mi gusto no es siempre mi talento; ni mi deseo, mi competencia; ni mi saber mi experiencia”.

“Som tan baixos que, cuan tenim mala consciencia, ens setim bons pel sol fet de tenir-la” / “Somos tan bajos que, cuando tenemos mala conciencia, nos sentimos buenos por el solo hecho de tenerla”.

“Els diners són l’egoisme en abstracte, igual com els fills són l’egoisme en concret” / “El dinero es el egoísmo en abstracto, igual que los hijos son el egoísmo en concreto”

“Jugar amb el nom de Déu: gust de sentir que juguem fort!” / “Jugar con el nombre de Dios: gusto de sentir que jugamos fuerte!”.

“Mai com llegin Reinaldo Arenas he sentit que escriure no és una professió sino una maledicció” / “Nunca como leyendo a Reinaldo Arenas he sentido que escribir no es una profesión sino una maldición”.

Latigazos como estos descubren a un Rubert de Ventós que corre para esquivar la gravedad, en cualquier sentido que le queramos dar a esta palabra. La suya es velocidad activada para no caer en la solemnidad y velocidad multiplicada para no caer a tierra.

Precipitarse, en fin, para no precipitarse.

Esta carrera está impulsada por la admiración a Valery y, asimismo, por una cierta aversión al universalismo fácil. Por el aburrimiento que le produce el arte de los últimos años y por la fascinación ante el arte chino del siglo XII. O por la convicción de que la justa medida del dinero es, precisamente, no necesitarlo. Casi todo bajo el toldo contradictorio de un ser inconstante que a la vez esconde una secreta devoción por el orden.

Convendría advertir a aquellos que han dedicado algún tiempo a estudiar El arte ensimismado , La estética y sus herejías o El laberinto de la hispanidad, que libros como Si no corro, caic (también Dios entre otros inconvenientes) no están escritos para ser escolarizados o apresados.

Estos últimos son libros libres, incluso libérrimos. Desatados, acaso, por la intuición de que es más fácil escaparse de una cárcel que de un lugar común.

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