«Teoría de la retaguardia» según Andrea Valdés

El arte de la contradicción

TR-PORTADA

 

Leí Teoría de la retaguardia con las previsiones meteorológicas actualizándose a la velocidad de los semáforos, tras enterarme por la prensa de que un Banksy previamente adjudicado por 1,2 millones de euros se autodestruyó en plena subasta. Dicho escenario se adapta perfectamente a lo que nos describe Iván de la Nuezen su último ensayo, Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás). Bastará leer el índice para entender que el mencionado subtítulo va con ironía. Incluso podría ser un guiño al publicista Paul Arden, cuyos libros son una mercancía muy visible en las tiendas de museo, donde proyectos editoriales como Consonni subsisten milagrosamente a una oferta cada vez más variopinta y que, sin embargo, da cuenta de dónde está el arte contemporáneo.

Resulta difícil no sospechar del creciente esplendor del arte a medida que ha ido relacionándose con otros ámbitos: de la política a la literatura, la más fecunda de sus interferencias a juzgar por los ejemplos que aquí se exponen. Con todo, este ensayo no se limita a describir dicha expansión en una era dominada por las imágenes y donde el artista ya no es el único en dejar su huella, sino que la explica como una cuestión de supervivencia y que viene de un fracaso anterior. Lo expone Peter Bürger en su Teoría de la vanguardia, libro que se cita en la primera fase. Según este autor, al querer romper las fronteras entre el arte y la vida, los vanguardistas no lograron provocar ninguna revolución social, lo que consiguieron fue impugnar al arte como institución. Ante semejante derrota, no debería sorprendernos que éste haya renunciado a pensar el porvenir. En palabras de Iván de la Nuez, le “tiene horror al futuro” y prueba de ello es que, en los catálogos, el currículo del artista ya empieza a escribirse hacia atrás: “Hace un moonwalker”.

Boris Groys también tomó nota de esa imposibilidad en Sobre lo nuevo, donde defendía que la innovación consistía no ya en superar lo anterior, sino en desplazar los límites de lo que puede o no entrar en museo, partiendo de la base de que solo está “vivo” aquello que queda fuera. El problema es que una vez “museificado”, lo nuevo deja de serlo: ya es pasado. Y así andamos, con un arte que se actualiza continuamente mientras por otro lado reitera su defunción. Engorda pero no avanza. No cabe duda de que Teoría de la retaguardia está escrito a la contra y desde un lugar que invita a replegarse, que es como pedirle al arte que asuma al fin sus contradicciones. Algunas son obvias, pero en otras me hubiera detenido algo más, aunque él las deslice con elegancia. De hecho, esta facilidad de escritura es lo que le permite hilvanar dinosaurios, limusinas y una Venecia fantasma sin recurrir a esas palabrejas de las que abusan los críticos (ahora todos desmundanizan). Igual no las necesita. Iván de la Nuez va a la suya y con esa misma frescura le reclama al arte que se resitúe o se largue definitivamente, mientras nos arranca alguna que otra sonrisa.

(*) Publicado en El País, Babelia, 5 de enero de 2019. 

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