El fotógrafo del precipicio

Iván de la Nuez

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I

El mamut pasta junto al precipicio, allí abreva. Blanco e inmóvil, hunde sus colmillos en el barranco y otea la ciudad hasta fijar la vista en el Mediterráneo.

Sólo que el mamut no es un mamut, sino un museo. Y el precipicio no es un precipicio sino una falda de tercera categoría desde la que sí puede verse la ciudad o -cuando lo permite la contaminación- la línea del horizonte que divide el cielo del mar.

Yo mismo las he retratado, a la ciudad y a la línea del horizonte, poniéndome en el lugar del mamut y fingiendo su subjetiva.  

Incluso antes de su inauguración, cada semana he subido hasta el museo por alguna de las tres calles que desembocan en su plaza. Y cada vez, en la cima de la pendiente, he soñado con mis fotos en sus paredes, rodeadas de personajes que levantan copas de cava brindando por mi arte.

En principio, el museo iba a tener otro nombre, pero su look paquidérmico llevó al vecindario a identificarlo con la escultura de un mamut varado en la punta de la loma. Irina, la rusa que gobierna el centro, entendió rápidamente el “clamor popular” y, en lugar de colonizar el territorio, que es lo que hacen los museos contemporáneos, se marcó un gesto empático con este barrio devastado por la crisis.

El barrio le correspondió, pero a su manera: usando la plaza de su Gran Obra para practicar el skate, improvisar picnics urbanos, fumar hierba al fresco de la noche, comprarle cervezas a los lateros pakistaníes y, en definitiva, desplegar allí cualquier actividad excepto una, entrar al museo.

Cuando todavía estaba en fase de construcción como futuro Museo del Precipicio, otro ruso me adelantó la noticia de su apertura inminente. Iván alquilaba la habitación contigua a la mía, en una casa en la que vivíamos tres fijos y una recua de inquilinos fluctuantes que entraban y salían de la cuarta habitación sin atender a la menor ética de convivencia. Para decirlo en términos museísticos, nosotros éramos la colección permanente y ellos la exposición itinerante. También, todo hay que decirlo, eran nuestro negocio secreto y una fuente de conflictos con el resto del vecindario, pues el comportamiento de esos alquilados resultaba imprevisible. O más bien previsible, cumplían siempre con la expectativa del escándalo.

Si gracias a aquel ruso me enteré del mamut, quien me llevó hasta sus cimientos fue Carlos, el jefe de nuestro alquiler, que se ocupó además de abrirme los arcanos del barrio. Él llevaba tiempo en el lugar, y aunque era un sesentón igual de pobre que nosotros, quedaba claro que había tenido otra vida con mujer, hijos, fortuna. Prueba de eso eran sus maneras elegantes y la ropa cara que aún conservaba de un estatus remoto.

Carlos me introdujo en los almuerzos de las monjas y en otros trucos para comer gratis, unas veces de la caridad y otras de la solidaridad. El asunto era cumplir con su objetivo imperturbable, que consistía en ahorrar en todo con tal de garantizar los treinta euros diarios que gastaba en bares donde bebía con ansiedad mientras leía los diarios con parsimonia.

Cuando lo consideró oportuno, Carlos me inició en lo que él llamaba su ronda diurna, que se resumía en ir de bar en bar bebiendo fiado hasta que cobraba la pensión. Entonces, pagaba de golpe todo lo debido -lo bebido- y al día siguiente volvía a empezar.

-Tengo la Sant Genís Express.

Así llamaba a su tarjeta de crédito imaginaria, en la que incluía el nombre del barrio.  

Además de la diurna, Carlos practicaba la ronda nocturna, que culminaba en las inmediaciones del mamut, donde iba exclusivamente a comprar drogas. Unas veces la transacción tenía lugar en el bar aledaño al museo, otras en un bosquecito de la montaña, y otras en un banco del parque, cuando ya el mono lo atenazaba y no podía perder el tiempo en protocolos.

A mí enseguida se me dio bien la ronda diurna. En parte por el padrinazgo del maestro –“paga siempre, pero siempre sobre lo que ya consumiste, siempre al revés del sistema”-, y en parte porque mi llegada al barrio estuvo precedida de una fama pasajera que hizo de mí un personaje curioso.

Resulta que yo había llegado a Barcelona desde La Habana, pero no en un avión, sino como polizonte en un barco de pesca. Después de bajar disfrazado de tripulante, mi primer paso fue pedir asilo en la estación de policía más próxima al puerto. El segundo paso me abrió más o menos la puerta de los papeles, con una residencia temporal aunque no el asilo, pues si bien un polizonte era un aventurero en toda la regla, no lo consideraban, exactamente, un perseguido político. Debí esa excepción al hecho de salir en las noticias. Gracias a las gestiones de otros cubanos de la ciudad, concedí entrevistas de todo tipo y tuve un momento de gloria, compartida al principio con un marinero amigo de mi tío -único miembro de la tripulación que conocía mi existencia- que me metió en ese barco y me mantuvo vivo durante la travesía.

Tal vez por ser artista, y sobre todo por ser el único polizonte conocido que había embarcado desde La Habana, acaparé casi toda la atención y resolví más o menos mi legalidad. Esa no fue la suerte de mi cómplice en el trayecto, aunque él también pidiera asilo nada más poner pie en tierra. Puede que, en el caso del Biólogo Marino -se hizo llamar así desde el desembarco-, influyera su rápida dedicación al trapicheo, a exprimir la noche y a pisar la cárcel. El asunto es que las noticias se olvidaron pronto de su caso, al mismo tiempo que reproducían mis fotos hechas en Cuba y también las del contenedor en el que me había escondido para el viaje. En ese periplo, repito, no hubiera sobrevivido sin la ayuda de ese marinero que hablaba conmigo y me tiraba comida desde el exterior del contenedor, y al que yo le lanzaba empaquetados mis excrementos y otros restos para que se deshiciera de ellos.

Al cabo de un tiempo, las promesas de fama también se diluyeron para mí -una exposición, los derechos para una película, dinero en el bolsillo- y cuando Carlos me alquiló la habitación, estaba tocando en un trío de son en el que repetía el Chan Chan de Compay Segundo unas veinte veces por noche. Con la fuerza y los recursos que me quedaban, hacía fotos de la Barcelona nocturna, buscando, como en mis tiempos cubanos, tribus urbanas, gente tratando a toda costa de vivir con swing, libertades disfrutadas entre cuatro paredes, desnudos en los que el fotógrafo cambiaba su posición y se ponía delante de la cámara.

Carlos había refrescado en el barrio el recuerdo de que yo era el Hombre del Barco, así que pronto a mi ronda diurna hubo que aderezarla con esa historia que contaba una y otra vez ante un aforo de jubilados, ex yonquis, locos sedados del hospital de día y parados marcados por el mismo signo: todos, sin excepción, habían tenido una vida mejor.

II

Si bien nunca tuve problemas con esa ronda diurna, la que cambió mi vida fue la ronda nocturna. Al principio, fui reticente a seguir a Carlos por ese camino, y no porque rechazara meterme un tiro de vez en cuando a la par que soñaba con exponer las fotos hechas y hacer las fotos soñadas. Mi inconveniente era el horario de músico callejero, que coincidía con el de los trapicheos.

Pero a Carlos se le agudizó un enfisema y la subida hasta el museo se le convirtió en una frontera. Al final de mi jornada, cuando llegaba al apartamento, me lo encontraba con el mono y unos cuadros de ansiedad deprimentes. Así que decidí arreglármelas para subir yo mismo a buscarle su dosis antes de irme a tocar, gesto que él retribuía generosamente con su Sant Genís Express en las rondas diurnas.

Esta nueva dedicación me convirtió en un testigo privilegiado del crecimiento del mamut y del hundimiento de Carlos. Mientras esperaba o despedía al camello de turno -él los cambiaba continuamente-, me dediqué a retratar todo el proceso de construcción del edificio hasta que adquirió su forma definitiva. También seguí haciendo fotos desde este hacia la ciudad y el puerto.

Todo parecía controlado, pero las cosas pronto se complicaron.

-Ahora tengo un camello cubano que no fía, así que estoy haciendo malabares con el dinero. Esta crisis no da tregua. Quien bebía gintonic, ahora toma cerveza; y quien se metía coca, ahora lo mismo le da al crack que al jaco.

Me pregunté qué estaría consumiendo Carlos en este momento crítico del capitalismo, pero preferí mantener la boca cerrada.

Un día, me despertó el móvil en plena resaca. Era precisamente Carlos, eufórico, que me llamaba desde el bar donde compraba sus pertrechos de noche, justo al lado del mamut. Alguien lo había subido en coche hasta allí. O quizá había llegado en el autobús del barrio, cosa que él odiaba porque se mareaba por las curvas escalpadas o porque aquel transporte lleno de viejos pobres le recordaba su condición actual.

-Ven ya -me apremió.

Fui.

Eso sí, avisé para que me sustituyeran por otro músico, pues intuí que no saldría en condiciones de dar un acorde. Ya en el bar me dejé ir con los whiskies que Carlos me servía alegremente mientras yo me quedaba absorto en la ventana, contemplando al mamut, resignado a la indiferencia con la que me trataba aquella bestia.

Fue entonces cuando reconocí su voz.

-El Biólogo Marino no tarda, el Biólogo Marino no fía, el Biólogo Marino no consume con el cliente.

Y así se sentó en nuestra mesa el último camello de Carlos, también mi antiguo cómplice en aquel barco que me había traído hasta este país, esta ciudad y en definitiva hasta este barrio.

Él me miró, miró por la ventana al mamut reinando en su colina y le dio por ponerse mahometano:

-Si la montaña no viene a mí, no tengo más remedio que ir yo a la montaña.

Sorbió sin permiso mi trago.

-Pero no vamos a aguarle la fiesta a Carlitos. Vayan y prueben el material, que el Biólogo Marino se queda aquí cubriendo la jugada.

Eso significaba que a nuestra vuelta del baño ya se habría pedido un vodka con arándanos y una tapa de jamón que dejaría a pagar, no sin antes haberse adueñado de la mesa, la conversación y lo que fuera. Cuando nos bajamos del barco, él se adjudicó esa profesión de Biólogo Marino, aunque en realidad era más bien un ayudante en la clasificación del pescado en la cubierta. Yo sabía que después del segundo vodka se autodefiniría como tetrasexual –“así tengo más opciones de que caiga algo en la tarraya”-, o le daría por usar frases leguleyas como “quid pro quo”, a la vez que se ufanaría de unos negocios que él siempre ejecutaba “en la más estricta observancia”. Ya cuando avanzara en el delirio, se lanzaría con su “tengo sesenta años y todavía soy un muñeco”, mientras te sobaba el muslo sin miramientos.

“Cómo me traicionaste, fotógrafo”. “Te cogiste para ti solo la historia del barco”. “Tú y contigo todos estos hijos de puta que prefirieron un héroe blanco y artista antes que un paria mulato y marino”. “¿Sabes lo que es no pasarte ni una vez a verme a la cárcel?”. “Y no me vengas con el dinero que me mandaste”. “Yo pude denunciar a todos los que me compraban, pero me callé”. “Porque mira que llegó a gustarte ese producto”.

Y así la catarata de reproches, todos ciertos, que alteraron tanto a Carlos que lo pusieron ansioso y le hicieron viajar más de la cuenta hasta el baño para darse un trastazo tras otro. Sólo entonces, regresaba eufórico y pedía otra ronda.

-Ay fotógrafo, mira que me has salido mala.

El Biólogo Marino le cambiaba el sexo a la gente, tal como se lo cambiaba a sí mismo. Como si buscara una ambigüedad sobreactuada que podía combinar con una solemnidad igual de sobreactuada si se enfrentaba a clientes desconocidos, a los que después de venderles su morralla les daba la mano en plan Hollywood, mientras les soltaba: “Señores, ha sido un placer hacer negocios con ustedes”.

La cabeza empezó a darme vueltas y estaba a punto de largarme cuando Carlos se desplomó justo al lado de la barra, en su enésimo viaje entre nuestra mesa y el baño.

El Biólogo intentó reanimarlo a base de agua con azúcar, pero no funcionó.

-Llama a una ambulancia, y yo me largo, que no vuelvo a la trena ni muerto.

Cuando llegaron los servicios de auxilio, les hice un cálculo de los gintonics que llevaba el hombre, omitiendo deliberadamente todo lo demás. Pero Carlos tuvo tiempo de quitarse la máscara de la respiración asistida y esbozar algo parecido a un grito.

-¡Y esnifé heroína!

Fueron sus últimas palabras. Allí mismo se murió, en el barrio que había elegido para suicidarse lentamente, consumada la escala definitiva de su última ronda.

III

La muerte de Carlos partió el tiempo del barrio. El ruso desapareció, las monjas vendieron su comedor, que se convirtió irónicamente en una clínica para narcodependientes, la fianza en los bares se acabó.

Yo me quedé solo, apenas con un mes de vivienda por delante, pues aunque pudiera pagar el alquiler, que no era el caso, no figuraba oficialmente en el apartamento y era carne de desahucio.

Carlos dejó en su habitación el alijo de un polvo grisáceo y trescientos sesenta y cinco euros, que me hicieron pensar en los días del año. Con eso le organicé un funeral simbólico en el bar donde murió y donde me quedé después tomándome un whisky en su honor, mirando al mamut por la ventana y despidiéndome de él antes de que se inaugurara.

La calma del bar se interrumpió con la llegada del Biólogo Marino, que se sentó en mi mesa.

-Siempre he sabido donde vivías. Siempre hemos estado al tanto de ti.

Ahora había pasado del tratamiento femenino al plural y aquello me inquietó.

-El Biólogo no tarda, el Biólogo no fía, el Biólogo no consume… Pero hoy el Biólogo va a hacer una excepción. Así que vamos a darnos un toque antes de presentarte a alguien que quiere conocerte.

De inmediato pidió una ronda (esta vez sin incluir el jamón) y puso dos clenchas encima de la mesa (esta vez sin molestarse siquiera en ir al baño). Se sirvió la primera y me pasó un rulo de cincuenta euros para que me diera mi pase. Me supo amargo y sentí un erizamiento en todo el cuerpo. Tosí y estuve a punto de vomitar.

Estando en ese trance, sentí primero el perfume. Después, la vi. Sonriente, guapa, distinta. Se sentó con nosotros y saludó con efusividad al Biólogo.

-Al fin nos encontramos, fotógrafo. Lo sentimos por tu amigo. Pero vamos mejorar tus recuerdos de este lugar. Así que brindemos por tu nueva vida.

Otra vez el plural.

Al día siguiente, Irina fue al apartamento, me dio cinco mil euros en efectivo por los derechos de mi próxima exposición y me dijo que tuviera confianza, que mis papeles estaban a punto de llegar.

Vio mi serie de vagabundos -“un poco Mikhailov”-, mi serie de protestas callejeras –“un poco Koudelka”-, mi serie en la que me imaginaba la mirada del mamut hasta el puerto –“un poco lo que busco”-.

La enamoraron las fotos de Cuba, los revelados azulosos con papel Orwo, los edificios sin identidad evidente, los ladas soviéticos –“un poco mi mundo”-.

-Quiero que vuelvas allí. Es más, ese será tu primer viaje cuando tengas los papeles. Y quiero que esa nueva Cuba ocupe la mitad de tu expo en el museo. Tienes que ir, pero tienes que volver. 

Me dejó una invitación para la inauguración, el sobre con el dinero y el número telefónico de un crítico cubano que también vivía en el barrio y había hecho carrera en la ciudad. De hecho, yo lo había visto en el bar (siempre el mismo, él no rondaba), pero no me había atrevido a presentarme.

-Enséñale tu trabajo, ya le he hablado de ti y te escribirá un texto.

Al cabo de un tiempo me llegaron los papeles, conseguí el permiso para entrar en Cuba y fui a la inauguración del museo, que consistió en una presentación de Joan Fontcuberta sobre el fin de la fotografía, la cámara como apéndice humano, el contrasentido de jactarse de una profesión que se había convertido en un hobby. Por una parte, todo aquello me fascinó, pero, por la otra, fue como un jarro de agua fría, porque a mí no me interesaba manipular la verdad, ni ser un postfotógrafo, ni teorizar nada. Yo era un ser anacrónico que quería resistir con mi cámara al hombro y convertirme en un paparazzi del desastre.

Y eso fue, exactamente, lo que hice en mi regreso a Cuba, retratando la visita de Obama, el concierto de los Rolling Stones, las fiestas de la naciente jet set. Hice fotos del generalato y del grupo Porno Para Ricardo, de desahuciados y de nuevos ricos, de las fiestas en el bar Roma y de los funerales de Fidel Castro, de Frank Stella y de Karl Lagerfeld. Y de todos los coleccionistas que empezaron a pulular por la isla y que, invirtiendo los papeles, los artistas perseguíamos como si un banco de sardinas se dedicara a hostigar a los tiburones.

Al final, regresé a Barcelona. Cumplí con Irina y ella cumplió conmigo. Nos acostamos algunas veces. Me dejó claro que el éxito en los negocios era, para ella, la forma suprema del orgasmo.

En ninguna de estas andanzas de mi nueva vida faltó el Biólogo Marino, repartiendo droga por el barrio y por el museo, pues a Irina le iba combinar sus disparos de cocaína con sus disparos de vodka y sus cucharaditas de caviar.

Un día, Irina me dijo que quería hacer una expo con las ideas del camello. ¿Qué ideas?, me dije. Lo que oí, me dejó estupefacto. El Biólogo Marino se había apropiado de nuestras conversaciones en el barco y las había aliñado con peroratas sobre estética relacional aplicada al narcotráfico. Así, imaginó una huelga de dealers, un día sin drogas en toda la ciudad, para desvelar la ansiedad de empresarios y políticos. O un tratado arquitectónico sobre la ubicación de los baños en los bares. O un crédito para cambiar arte por farlopa.

-Por él no hemos podido hacer nada. Tiene más de sesenta años (como tu amigo muerto, por cierto). Acaba de sufrir un ictus. No puede seguir como un paria en este país en el que no es más que un fantasma. Se lo debemos.

-¿Pero estás dispuesta a comprometer tu museo con este disparate?

-El mamut es un contramuseo, y tus retratos te ayudarán a entenderlo.

Esa noche, en la cama, Irina me enseñó varias ampliaciones de mis propias fotos, hechas desde la perspectiva del mamut. Todas captaban el puerto y tenían un círculo rojo dibujado por ella.

-¿Ves esta zona vacía

dentro del círculo? Aquí otros rusos construirán una franquicia del Hermitage. Odio lo que harán y por eso me les he adelantado.

Después, me enseñó una aplicación implantada a varios rusos que bajaban de los cruceros, otra obra que ella había subvencionado a un colectivo especializado en la crítica del Big Data. El GPS delataba que esos turistas apenas se apartaban de las zonas ricas cercanas al puerto, gastando su tiempo y su dinero en tiendas de lujo.

-Esta gente nunca conocerá la ciudad. Y hasta aquí no subirán jamás. Yo me opongo a eso. Yo quiero este barrio. Por eso he dejado que llamen mamut a mi Museo del Precipicio.   

Ahí entendí que el mamut era, en realidad, un museo que vigilaba a otro museo. La trinchera de una guerra entre rusos en una ciudad en la que empezaban a campar a sus anchas. Y tuve miedo, porque lo cierto es que ni las teleseries, ni las películas, ni las noticias presagiaban un final feliz para una aventura de esa naturaleza. Me vi a mí mismo con un balazo en la cabeza por espiarlos, o ahogado en el fondo del mar, con la cámara colgada al cuello mientras unos cruceros cargados de oligarcas me pasaban por encima.

Por otro lado, Irina seguía pagándome y yo seguía cobrando sin decir que no. Necesitaba el dinero, me gustaba el dinero y me encantaba que ella me lo diera sin firmar un papel.

-Tú yo venimos del mundo soviético y nos entendemos.

El otro problema es que no me quitaba de encima al Biólogo Marino. Él tenía llave del apartamento, a fin de cuentas lo pagaba Irina. Y tenía una relación particular con ella que, para colmo, lo consideraba un artista.

-Puede ser un rey del activismo artístico. Pero no para ponerse a hablar de justicia social ni de seudocomunismo. No señor. Será para dar fe de lo que ha sido él mismo: un puñetero camello obligado a llevar una vida por debajo de su talento, de sus ideas y de su discurso.

¿Qué talento, qué ideas, qué discurso? No me atreví a contradecirla, no fuera a descubrir que todo aquello en el fondo me ponía celoso.

No sé quien escribió eso de que, tarde o temprano, todo el mundo acaba sentándose a un banquete de consecuencias. Pero sí sé que a mí me llegó ese día cuando tuve que pagar mis deudas, aunque no se cumplieran, precisamente, los presagios de guerras rusas.

Fue peor.

-Tengo dos noticias para ti. La primera es que te van a invitar a la Bienal de La Habana. La segunda es que voy a financiar la obra que presentarás allí.   

-¿Ah, sí? ¿Y también vas a apretar el botón de la cámara?

-No, porque la cámara sólo será una parte de esa obra maestra.

Irina sacó vodka y puso tres vasos encima de la mesa de su despacho. Enseguida entró el Biólogo Marino y se incorporó a los brindis y los planes.

-Hay un barco ruso que estará llegando a La Habana en los días de la Bienal. Ese va a ser tu transporte y vas a documentar la travesía al revés de la que ya hiciste.

-¿Estás loca?

Ya Irina no me escuchaba. De hecho, faltaba lo mejor.

-En ese barco vamos a colar al Biólogo Marino. Retratarás su regreso. Una vez allí, un contacto sacará el archivo y lo imprimiremos en un día. Después, el fotografiado aparecerá en carne y hueso en la inauguración, cumpliendo su sueño de volver al abismo. Esa será la verdadera obra. ¡Un bombazo!

Irina parecía ignorar que, nada más llegar, nos meterían presos a los dos.

-Yo me encargaré de todo. Tengo mis contactos. La mano de Rusia sigue siendo larga.

-¿Y por qué tengo que hacerle yo esa obra maestra a este tipo?

Sentí farfullar al Biólogo Marino que yo no entendía nada.

-No sé cómo se puede ser, a la vez, tan artista y tan bruto. No se trata de mí. Ya mi gran obra está hecha y es haberte traído a ti hasta aquí. Ahora toca que hagas la tuya, que es llevarme a mí hasta allá. Quid pro quo, fotógrafo, quid pro quo.

(*) Publicado originalmente en el libro-catálogo Island in the light / Isla en la luz, del Pérez Art Museum Miami (PAMM).

(*) La imagen que encabeza este post es de una exposición de Leandro Feal, en cuyo trabajo me he basado para inventarme esta ficción.

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