Muntadas

Iván de la Nuez

 

Antoni Muntadas acaba de ganar el Premio Velázquez, al que -por una norma no escrita- la prensa insiste en anunciar como “el Cervantes de las artes visuales hispanoamericanas”. Dejando a un lado el albur imprevisible y hasta arbitrario de cualquier premio, en este caso no queda otra que felicitarse por la distinción de una obra reconocida, sólida y perseverante, que ha sabido mantenerse imperturbable, tanto ante las indiferencias pasadas como ante las adulaciones crecientes de estos días. En este país -en el que todavía se exhibe con orgullo el desconcertante abismo que media entre los líderes de opinión y el arte contemporáneo; y entre escritores y artistas actuales- el propio Muntadas ha preferido ver, en el suyo, el premio “a una generación”, tal vez a un credo al que durante décadas se ha mirado por encima del hombro. (No resulta difícil intuir aquí un guiño a Eugeni Bonet o Miralda.)

 Nacido en Barcelona (1942), aunque afincado en Estados Unidos desde 1971, considerado un pionero del videoarte y del Net Art, Muntadas ha llevado hasta sus últimas consecuencias la idea del artista como un intelectual en la Era de la Imagen; un distribuidor de conocimiento mediante los estímulos de la cultura visual. Ahí tenemos su temprana comprensión de que el uso de la tecnología no es más que un medio para expandir las ideas e interpelar la realidad. Y ahí tenemos, también, su alerta de que el abuso de esta acaba por repetir los viejos rituales “estilísticos” o “retinianos” de los que se había apartado radicalmente desde los setenta. Es obvia, aquí, la evocación a Marcel Duchamp. Y lo es, aún más, si asumimos la trayectoria de Muntadas como una obra única, troceada en capítulos que trenzan un proyecto continuo a lo largo del tiempo: Media Eyes (1981), Stadium (1982-1992), The Board Room (1988), The File Room (1994), On Traslation (1995-2008)…

 

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La mesa de negociación (1998)

 

En ese recorrido, Muntadas discierne obsesivamente entre imagen, imaginación e imaginario, con una economía de gestos que guarda más de una similitud con las tareas del editor, si bien él mismo se ha definido como traductor (su retrospectiva, sin ir más lejos, tuvo como título On Translation). Traductor, pues, de la realidad a las imágenes. Traductor como sólo puede serlo alguien capaz de perseguir una palabra desde su origen hasta sus posteriores derroteros: en murmullos y discursos, bulos y soflamas, información y desinformación. Traductor, en fin, de la experiencia estética que convierte en conocimiento; de los mensajes narcóticos de los media que transfigura en crítica política; de la experiencia visual que recicla en lectura; de hechos cotidianos que transforma en magnitudes trascendentales.

Sus series crean una “zona” marcada por la dilatación del tiempo, y reclaman del espectador un cierto conocimiento de la tradición visual que las envuelve: lo mismo de la historia del arte que de la publicidad, de la televisión que de la realidad construida en la Red. Sus exposiciones apelan a la complicidad -y complejidad- de la audiencia que asiste al museo, de modo que, ante sus piezas, parece que tengamos, siempre, algunas obligaciones. Sobre todo porque también sabemos, desde el principio, que están realizadas con toda la intención de modificarnos y revolucionar, en lo posible, nuestra percepción del mundo. Es así que, después de atravesar muchos de sus trabajos -pensemos en Fear o en sus Media Monuments-, alcanzamos una perspectiva sistemática de los correlatos no siempre evidentes que marcan el compás de nuestra cultura: un best seller y los movimientos de la bolsa; una guerra y una política cultural…

 

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Fear/Miedo (2005)

 

Con todos estos mimbres -interpelación de la política, crítica de los media, archivos dedicados a la censura-, esta obra corre el riesgo de rozar, peligrosamente, con los giros retóricos propios de esos mundos a los que critica. Si Muntadas ha salido airoso de ese lance, es porque ha sabido emplazar con perspicacia estos debates en el campo artístico, porque ha asumido que la adjetivación es totalitaria -de ahí su resabio ante la definición de “arte político”-, y porque ha contrarrestado su enorme diversidad temática con una austeridad cisterciense.

La obra de Muntadas indica complicidades muy precisas -Robert Morgan o Vilém Flusser, Eugeni Bonet o Eugenio Ditborn-, aunque estas, sin embargo, no consiguen mellar el halo solitario y nómada de un trayecto que ha dejado su marca en artistas más recientes -Daniel G. Andújar, Pedro G. Romero, Marcelo Expósito, Rogelio López Cuenca, Minerva Cuevas- o en el modo de concebir los proyectos de curadores como Carles Guerra, Bartomeu Marí o Valentín Roma.

Un trayecto, dicho sea de paso, marcado por una tozuda y no siempre retribuida persistencia: que el mundo de la imagen sea capaz de ofrecernos las vituallas necesarias para reconstruir la imagen del mundo.

 

 

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  The Board Room (1987)

 

 

 

 

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1 comment so far ↓

#1 Pedro Vizcaino on 05.17.09 at 4:50 pm

me gusto la obra referida al Miedo/Fear..

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