Entre dos rayas

Iván de la Nuez
El País, Babelia

El mexicano Julián Herbert reflexiona, con brutalidad y poesía, sobre la cocaína en un libro que él presenta como un manual de usuario con quince historias entrelazadas.

Julián Herbert necesita en España de cierta presentación. Que es mexicano de 1971, por ejemplo. O que es autor de varios poemarios (El nombre de esta casa o Autorretrato a los 27) y de la novela Un mundo infiel. Además, es vocalista de Madrastras (banda “funcklorica” con tres discos y media docena de vídeos en YouTube). Una vez atravesado el prefacio protocolar, habría que añadir lo siguiente: Cocaína (Manual de usuario) es un libro que no necesita ninguna compañía curricular que lo apuntale más allá de sí mismo. A través de quince narraciones entrelazadas, tensa una línea, o tal vez dos -dos “rayas gruesas y largas”- para hacer bascular sus historias. Entre una estrofa de Lou Reed y una frase del doctor Watson sobre Sherlock Holmes, en cuyo diagnóstico aprendemos que el detective vivía alternando “una semana de cocaína con una semana de ambición”. Si este libro confirma una existencia tan solitaria se debe a que está exento de coartadas: no hay aquí, fuera de la cocaína, ni un “más allá literario” ni un “más acá metafórico” para pasar a otras historias acaso más sublimes. Nada hay fuera del círculo que traza la droga en esta pieza que es novela breve y libro de cuentos, un largo poema y una epopeya cotidiana cuya geografía alcanza lo mismo a un barrio periférico de México y a Baker Street, al interior claustrofóbico de una habitación y a la fantasía de una vida suspendida a 8.000 metros de altura, en un avión.
Las narraciones de Cocaína

proponen, al mismo tiempo, un estado de la cuestión y un catálogo de rituales del consumo; una tipificación de los adictos y un prospecto del producto; un abanico de técnicas (la piedra, fumada, inyectable, en lata, la raya) y una clasificación de los consumidores (Legales, Esquiroles, Turistas e Ilegales); una cartografía de la ingesta (desde los baños hasta las ambulancias) y una escueta pero precisa literatura básica (Conan Doyle, Antonio Escohotado, George Karkl, Lou Reed). “Ella no miente, ella no miente, ella no miente”, cantaba Eric Clapton en Cocaine, después de que Bataille hubiera sido rotundo acerca de la verdad que nos regalan las tinieblas: “La oscuridad no miente”. En esa oscura plazoleta, consigue una intensidad amoral que entraña una ética. Eso sí, sin levantar un dedo contra nada ni a favor de nada (el capítulo ‘Zapatistas en el baño de mi casa’ es impagable).

Agónica sin ser trágica, culta pero no pedante, reflexiva sin arrepentimiento, objetiva sin distanciamiento, Cocaína dibuja una línea -esta vez ni gruesa ni larga sino un tiro contundente y rápido- con las dosis exactas de poesía, reflexión y brutalidad que arman esta “rayuela” particular de un escritor de difícil encaje en eso que una vez se llamó literatura latinoamericana. Es la suya una escritura áspera y hermosa al mismo tiempo, una épica sin héroes que hace añicos el tejado de vidrio de la hipocresía. Una escritura donde incluso tienen cabida las alarmas provocadas por unos excesos que nombran el límite: hijitoquetestapasando, yaparalecarnal, vivomuertopaque. Con respecto a lo demás, el doctor Watson y otros facultativos son abundantes en diagnosis y tratamientos. En lo que toca a la literatura sólo podemos recomendarte que no le pares, carnal.

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