Dada & Son

Iván de la Nuez

 

DADASON 1

  

UNO

Un instante cifra el origen de la conexión entre los cubanos y Dadá. (Me desmarco aquí de la más larga, y más obvia, relación de Marcel Duchamp con Picabia, aquel medio-cubano -o cuarto de cubano, o tres cuartos ¿quién puede adivinar estas proporciones?- que le acompañó durante años en la gesta y, de paso, consiguió involucrarlo en sus caprichos disolutos). Ese momento inaugural tuvo lugar en el otoño de 1922. Fue en Nueva York y en el Marshall Chess Club. Fue una partida de ajedrez. El lapso que duró el encuentro entre Marcel Duchamp y José Raúl Capablanca. No se trató, propiamente, de un match exclusivo entre ellos, sino de una simultánea de varios ajedrecistas contra el genio del momento. No es raro que este origen, hablamos de Dadá, nos remita a otra partida -¿supuesta?- de ajedrez: la que dirimieron Lenin y Tristan Tzara en París. En cualquier caso, Duchamp se había preparado con fervor para alcanzar un sitio entre los elegidos y logró clasificarse junto a una veintena de jugadores. Unas fuentes hablan de 24. Otras, afirman que fueron 21. Otras, 20 exactos. Todas coinciden en que Capablanca ganó veinte y no perdió ninguna (si fueron más de veinte contendientes, hubo quien rascó un empate). Duchamp perdió la suya.

 

DOS

Me remonto a ese momento seminal mientras escucho Dada Son, el disco reciente de Alfredo Triff –y del formato escogido por él para cuajar este proyecto. Que Triff sabe de la historia Dadá no puede asombrarnos a estas alturas. Todos sus experimentos musicales –21 Songs Broken at Once, Boleros perdidos o este Dada Son– remiten a prácticas dadaístas. “Experimento” resulta, de hecho, un habitat natural en este recorrido. Algo sabe Triff, además, de aquella idea de Lezama Lima según la cual uno no sólo hereda, sino que también elige. Herencia y elección van de la mano en este disco, aunque no siempre en armonía: Son y Dadá, Dadá y Son, mantienen una relación problemática en todos los cortes; se pelean o confluyen constantemente, se interceptan o se esquivan. Mirado así, el disco puede abordarse a partir de un juego (¿dadaísta?) con la palabra Son. Por una parte, el “son” como canon de la tradición musical cubana. Por la otra, “son” como traducción al inglés de “hijo”. Dada Son convertido en Dada & Son. Como aquellos negocios de padres e hijos -Steinway & Son, sin ir más lejos-, como tantos bufetes de abogados, tantas tiendas, tantas ferreterías. Como si Triff hubiera necesitado, además de la herencia prefijada, reinventarse una línea familiar en la que sentirse a gusto; una ampliación paterno-filial con el ADN necesario para expandir su discurso. ¿Alfredo Dadóvich?

 

TRES

Greil Marcus ha rastreado los movimientos culturales de baja intensidad que –desde Dadá hasta el punk- recorrieron el siglo XX. Pequeñas mareas que no llegaron a ser dominantes en su momento -no se alzaron con la Gran Victoria en la Guerra de la Cultura de sus respectivas épocas- pero sí consiguieron estallar, años después, como bombas retardadas. En algún momento de la línea del tiempo, sin que nadie las esperase, el estrépito súbito de estas tendencias obligó, incluso, a rescribir la historia -a recodificarla bajo otros criterios. La obra de Marcus es un clásico y al mismo tiempo una lección de cómo abordar cualquier fenómeno cultural. Su título es tan inmejorable como el libro: Rastros de carmín. Los rastros de carmín son esos que puedes quitarte fácilmente del rostro, pero no de la memoria. Las múltiples huellas de un camino que nos lleva de Tzara o Duchamp hasta Johnny Rotten o Sid Vicious. Un trecho por el que han avanzado John Cage y la Internacional Situacionista, Man Ray y Guy Debord. El libro surgió, como un fogonazo, en la mente de Marcus en medio de la actuación de un grupo que apenas sabía tocar pero que uno no podía dejar de atender. Era en un concierto de los Sex Pistols.

 

CUATRO

La relación del arte cubano con el dadaísmo fue, casi siempre, bastante tímida (por decir algo). Se limitó a algún manifiesto de la llamada vanguardia (allá por los treinta), o a las excentricidades de pintores cuyas obras eran sin embargo formalmente convencionales (incluso para sus tiempos). Dadá insular tuvo poco que ver con las obras y aun menos con los gestos; no digamos ya las conductas. En los años ochenta del siglo pasado, década que condensa de manera abigarrada los reciclajes cubanos de la modernidad, una parte importante –tal vez la más importante- del arte cubano fue duchampiana. En la forma, en las obras, en las indagaciones, en las maneras de agruparse, en las actitudes. Entre Volumen I y Arte Calle (el colectivo punk más intenso de esa época); en plan caribeño y bajo los designios de un régimen comunista, se condensa, en apenas un decenio (1980-1990), lo que Marcus extiende a más de medio siglo. Pero el punk, fuera de las artes visuales, fue otra cosa. Aquellas crestas verdes, las ropas imposibles, el maquillaje gótico (con cuarenta grados a la sombra), eran una demostración de malestar y valentía de estas tribus urbanas. Y no sólo frente las autoridades, que las acosaban sin tregua. Todavía más, si cabe, frente a la Masa. Frente a esa marea totalitaria que no admite ni una cresta, nunca mejor dicho, que se alborote fuera de su latido. Ahora bien, a diferencia de otras latitudes, la dirección de su energía parecía invertida. Se trataba de groupies en busca de sus estrellas, una escena a la espera de sus artistas, personajes a la caza de un autor. Desde entonces, el punk cubano fue una actitud antes que un movimiento: una sociedad sin líderes, un público rotando alrededor de un trono sin ídolos. Esa dirección energética duró años; hasta la aparición, por ejemplo, del grupo Porno Para Ricardo.

 

CINCO

Antes que Dadá o punk vernáculos, estuvo el filin´. Desde su primer estallido, en los cincuenta, la disonancia de este movimiento fue algo más que una distorsión de la armonía y, desde luego, algo más que un “desvío” estrictamente musical. Su espíritu alimenta, también, el trasiego de Alfredo Triff con el danzón, el son y otros géneros de la música cubana. En él se nutren los juegos con cadencias de otras zonas del Caribe o sus citas de Bienvenido Julián Gutiérrez, el estándar a lo Michel Legrand o esos momentos de victrola -momentos “victrólicos”- a lo Tejedor y Luis. (Las apariciones fugaces de acordes reconocibles de la orquesta Aragón es un asunto entre violinistas.) Y ese mismo espíritu persevera en el bolero, como si los músicos dejaran bien claro que un bolero del siglo XXI sólo puede administrarse en pequeñas cucharadas. De ahí que ocupen, en la trama del disco, lo que las canciones de Chris Isaac en las películas de David Lynch: un pequeño oasis melancólico y reconocible (incluso tarareable), al que se le concede el tiempo exacto para que no llegue a empalagar; cuidando siempre el exceso de glucosa, la sobredosis de azúcar.

 

SEIS

Dada Son es un ejercicio subversivo. De cara a sus zonas cubanas, el disco abre un punto de fuga en una cultura que no acaba de resolver la contradicción entre la abundancia rítmica de su música y la falta de movimiento de su sociedad. Como si el ritmo frenético no fuera otra cosa que la simulación de un movimiento que no es tal. Una válvula de escape a la inmovilidad de una gerontocracia que persiste, tenaz, en su situación estática. Claro que el disco ofrece, además, un paisaje acústico que se estira más allá de esa cultura. John Zorn muestra el camino para usar el formato adecuado en cada discurso. Frank Zappa el legado de que la música es también su environment, la bronca callejera en plena madrugada, la violencia ambiental en la que ocurre la vida. Miles Davis alerta sobre la necesidad de subir la parada a las influencias: si Duchamp pudo escribir God Dog, Miles se superó en el palíndromo y tituló un disco suyo Live Evil. Por otra parte, este no es el Sonido de Miami (Miami Sound), pero sí es el sonido de un Miami muy particular. Cierro estas notas mientras juego a escuchar el disco desde varias pistas, para estar a la altura de la simultaneidad que nos propone y romper con la sucesión convencional de las piezas. Es cuando Dada Son –además de duchampiano- se abre paso hacia otra explanada sonora y se convierte en un disco cubista.

  DADASON 2

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10 comments ↓

#1 A.T. on 10.03.09 at 3:50 pm

apoteosis de la película
de nuestras vidas verticales
refracciones de arte negro
ambición supersónica
ritmo hip-hop de ballet multicolor
sexo triángulo de azul
pirueta cerebral
video games…
motores…
la banca se cae…
exilio y doble exilio

Moltíssimes gràcies.

#2 Dada & Son | Emilio Ichikawa on 10.03.09 at 7:18 pm

[…] Un instante cifra el origen de la conexión entre los cubanos y Dadá. (Me desmarco aquí de la más larga, y más obvia, relación de Marcel Duchamp con Picabia, aquel medio-cubano -o cuarto de cubano, o tres cuartos ¿quién puede adivinar estas proporciones?- que le acompañó durante años en la gesta y, de paso, consiguió involucrarlo en sus caprichos disolutos). Ese momento inaugural tuvo lugar en el otoño de 1922. Fue en Nueva York y en el Marshall Chess Club. Fue una partida de ajedrez. El lapso que duró el encuentro entre Marcel Duchamp y José Raúl Capablanca. (Texto completo) […]

#3 Pedro Vizcaino on 10.04.09 at 7:04 pm

«El capitalismo esta a pocos pasos del cementerio..»
«El comunismo esta a pocos pasos del cementerio…»
«El socialismo esta a pocos pasos del cementerio…»
«El fidelismo esta a pocos pasos de la Tumba…»

Arte Calle

#4 Iván on 10.04.09 at 7:35 pm

Vizcaíno: Recuerdo un día en el cementerio de La Habana, hace por lo menos veinte años. En medio del entierro, me fijé en un grafiti de Arte Calle, me parece que en un muro de Zapata. Podía verse detrás de las rejas. Aludía a los temas de la muerte y tuve que esconderme para partirme de risa. Supongo que la «ejecución pictórica» era tuya.

#5 RLR on 10.05.09 at 3:47 pm

Reseña de lujo, dadaísta en sí misma, para un album cuyas piezas son más que «object trouvees», objetos encontrados. El volinista juega ajedrez con la modelo de cubierta, desnuda frente a la «fontain».

#6 JR on 10.05.09 at 4:59 pm

Exquise! Me gusta ese asomo, es cierto que se distingue una dramaturgia algebraica en cada pieza del disco. Uno disfruta a través de esos tracks la desconceptualización plena en exactitudes.

#7 Pedro Vizcaino on 10.05.09 at 5:39 pm

Si,Ivan….se pinto creo un Sabado o un Domingo,un poco nerviosos por que fue en pleno
dia,con el sol dandonos en la cara y 2 policias segurosos preguntando quienes nos habian dado permiso para pintar…..-Hubert Moreno,Nilo Castillo,y Nicolas Lara estuvieron con nosotros ese dia,gracias a todos salio ese exquisito Mural frente al cementerio..Todos pintaron algo.
Despues recuerdo que paso el tiempo y el poder[los militares] nos tapo los Murales,entonces Aldito decidio que teniamos que pintar algo encima de los Murales tapados,.y salimos de madrugada unos cuantos de Arte Calle,a volver
a darle vida a la ciudad..me acuerdo que pusimos en Centro haban afuera de una vidriera de uniformes del MININT,un texto que decia:..»Hijos de Puta en el Poder»..y en el del cementerio pintamos un Texto una palabra…
Saludos
Ivan
Pedro Vizcaino

#8 RLR on 10.06.09 at 3:01 pm

En realidad quise decir «objeto buscado», refiriéndome a este texto
http://losliriosdeljardin.blogspot.com/2008/02/pequea-teora-del-objeto-buscado.html

#9 RI on 10.07.09 at 3:27 am

gracias ivancito, muy tuyo el texto, dadasomos.

#10 Josito on 10.22.09 at 7:18 pm

El artista cubano que mas ha representado al dada es Ezequiel Suarez

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