Picadillo-El Manicomio

Iván de la Nuez

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La revolución envasada al vacío / Curso

 Iván de la Nuez

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Durante el mes de noviembre, en la Escuela Europea de Humanidades impartiré este curso –La revolución envasada al vacío– que aquí comparto.

Argumento

En el ultimo siglo, a menudo Occidente se ha visto obligado a definirse por la revolución. A asumirla como aspiración o afrontarla como problema, a necesitarla y reprimirla continuamente. El curso explora esta disyuntiva, centrado en cuatro momentos en los que, desterrada de la política, la revolución se aloja en la cultura o el lenguaje; empaquetada como una pieza del sistema que pretende destruir.

Dividido en cuatro conferencias –apoyadas con material visual-, este ciclo atiende la apropiación de la revolución en la cultura occidental a través de los siguientes capítulos: El comunismo en la mirada de Occidente; La revolución cubana como utopía europea; El Tercermundismo desde el primer mundo; La revolución sin la revolución: el lenguaje revolucionario del reformismo contemporáneo.

De Robert Cappa a Joan Fontcuberta, de Sartre a Wim Wenders, del Che Guevara a Steven Soderbergh, del neocolonialismo a los Estudios Culturales, de Stalin a Martin Amis, de Buena Vista Social Club a Good-Bye Lenin, de la autocracia a la “eufemocracia”…

Entre todos esos puntos y autores, zigzaguea el recorrido de este curso.

Fechas 

8 de noviembre: El comunismo en la mirada de Occidente

15 de noviembre: La revolución cubana como utopía europea

22 de noviembre: El Tercermundismo desde el primer mundo

29 de noviembre: La revolución sin la revolución: el lenguaje revolucionario del reformismo contemporáneo.

Lugar

Palau Macaya, Passeig de Sant Joan, 108, Barcelona.

Información

http://agenda.obrasocial.lacaixa.es/es/-/la-revolucion-envasada-al-vacio?centros=palau-macaya&result=true

Barcelona: ¿una ballena o muchas sardinas?

Iván de la Nuez

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Uno. Aparcada, de momento, la batalla entre la obsesión comarcal del nacionalismo y la sublimación urbana del socialismo, el barrio se impone ahora como panacea territorial en la política cultural barcelonesa. Y entre el “modelo” socialdemócrata o la “marca” liberal emerge una política que prima el matiz social de las inversiones culturales. Una política que, dicho sea de paso, sustituye el culto a la personalidad de los ilustres de antaño –los intelectuales actualmente conocidos como “casta”- por un culto a la despersonalización basado en un sujeto colectivo que no acaba de tomar forma, pero sí va adquiriendo contenido.

Si la red ferroviaria –trenes de cercanías, pongamos por caso- o la red de bibliotecas configuraron nuestra versión particular de la era del acceso -a Barcelona o al conocimiento-, ha llegado el turno a la era de la proximidad. Sólo que si antes la energía era imantada hacia Barcelona, hoy se expele desde esta hacia sus alrededores.

Sabido esto, no queda del todo claro si la apuesta por la periferia se debe a la generosidad de una Barcelona que se descentraliza a posta o si obedece a la rendición de una ciudad que ha perdido su capacidad nuclear. ¿Estamos ante una renuncia magnánima o ante una resignación que convierte la capital en capitulación?

Mientras se despejan estas dudas, resulta bastante obvio que la política cultural del Ayuntamiento no se encarrila por la banda, ni siquiera por la banda izquierda, sino por el mismo centro del campo. Con esas estrategias intercaladas entre la independencia y el federalismo, la marca y el modelo, el centro y la periferia, Barcelona y Catalunya. Desde esas mediaciones, se da por liquidada la época bipolar en la que socialistas y convergentes experimentaron sus propias versiones del Ogro Filantrópico, esa figura generosa y vigilante al mismo tiempo –protectora e inclemente- que Octavio Paz utilizó para describir la intervención del Estado en la cultura.

Los comunes tienen un proyecto que sustituye el mito de la feina ben feta por el del trabajo en perspectiva; que prefiere el laboratorio al museo, la performance a la obra estática, el ensayo al relato, la película móvil de los procesos a la foto fija de las inauguraciones. De ahí, esta ciudad en Work in Progress permanente, cuyo discurso cultural se pertrecha de un vocabulario fabril para definirse. Así las metáforas industriales, las fábricas de creación, las industrias culturales… Todo –otra vez la medianía- entre una reminiscencia del proletkult y la deriva postfordista de una izquierda tan proclive a Engels que parece sentirse más cómoda con La situación de la clase obrera en Inglaterra que con El capital.

Dos. Es poco discutible que los modelos y marcas establecidos por socialistas y nacionalistas se han agotado. Barcelona vive las consecuencias del paso de aquella imagen alegre de los políticos, con sus tijeras dispuestas a cortar alguna cinta en una inauguración, a la de los políticos con sus tijeras dispuestas a acometer todo tipo de recortes. Es poco discutible que los comunes de la nueva izquierda han encontrado una cultura que –entre el desplome de las ayudas públicas y la no conformación de una iniciativa privada medianamente eficaz- había entrado en un shock sin terapia a la vista. Y es poco discutible que cuando la centralidad consiste en apostar por una franquicia del Hermitage, y la descentralización en imaginar algo como BCN World (un megacasino con ínfulas), el golpe de timón ya no es sólo una necesidad, sino un acto de decencia.

Una economía de servicios acaba generando una cultura de servicios. Y, hasta hace bien poco, la diferencia entre los dos grandes proyectos de política cultural estaba en que la marca Barcelona daba por sentada la aceptación de esa correspondencia, mientras que el modelo Barcelona intentaba suturarla. Estas dos respuestas, con su repertorio de tensiones, eran conocidas por buena parte de los colectivos culturales y sus líderes, hoy en puestos políticos claves en el Ayuntamiento o incluso el Congreso de Diputados. Algunos de ellos habían actuado, durante un tiempo, como fases de ese sistema cultural colapsado: un capítulo disonante de las instituciones cuando estas se decidían a operar en modo crítico. (Esto también es poco discutible, por más que alguna urgencia épica disminuya hoy esa participación o expanda una imagen absoluta de esas instituciones como meros edificios de la casta).

Varios de estos colectivos entraban y salían de los centros de la cultura –CCCB o MACBA, por ejemplo- sobre la base de un contrato social no escrito que les permitía convertir sus intenciones políticas en proyectos culturales. Ahora, al revés, les ha llegado el momento de convertir sus proyectos culturales en política pura y dura.

Ya no constituyen una zona del sistema, son el sistema mismo. Ya tienen el poder –o gozan del empoderamiento, para mantenernos en la jerga vigente de nuestra eufemocracia-, ya forman parte del desastre. Y ya habrán comprobado, en fin, que es más fácil hacer una revolución desde el museo que una reforma desde el parlamento.

Siguiendo esa tradición tan barcelonesa según la cual hacer política es, sobre todo, hacer política cultural, no es extraño que las claves de la impronta descentralizadora también tengan su paradigma en referentes de la cultura. En un Reina Sofía, pongamos por caso, que es capaz de autoproclamarse como un museo “periférico” para abordar sus proyectos latinoamericanos y a la vez esquivar su sombra colonialista. O en la apuesta sorpresa de la próxima Dokumenta de Kassel, que ha desplazado el debate de Alemania a Atenas, para reflotar esa periferia que es hoy el núcleo mismo, no ya de la civilización, sino del desmontaje físico y cultural de ésta.

Esta “periferización” que hoy busca su clímax en el Besós, Hospitalet o Fabra i Coats no está a salvo de dificultades nuevas o de manías viejas. Con ejemplos tan cercanos como el Raval y el Born, o algo más distantes como Berlín del Este o Brooklyn, es fácil sentir el aliento de la gentrificación que suele acompañar a los emplazamientos culturales. En un trasvase que todavía es mas de discursos que de recursos, la cultura no puede repetir, en plan Sartre, que la especulación son los otros. Ya no quedan coartadas, ni fraseología crítica a mano, para disimular que el arte se comporta menudo como una avanzadilla de esos procesos de especulación urbanos.

Tampoco queda demasiado espacio para levantar una nueva mitología que, a base de negarlos, acabe repitiendo los latiguillos de la Catalunya auténtica o la Barcelona cosmopolita. Reivindicar el barrio está muy bien, pero no conviene sobrestimarlo hasta el punto de tratarlo como “lo real”. Eso es repetir un esencialismo tan arquetípico como el de la nación, el terruño, la ciudad, cualquier entidad imaginaria. En mi barrio, por poner un ejemplo con el que me tropiezo cada día, no nos va quedando otra identidad que la del bar y la farmacia, prácticamente los únicos elementos sólidos en pie después de la desaparición de centros de enseñanza, kioscos y otros vestigios de nuestra antigüedad material. Por no hablar de unos emigrantes que operan como usufructuarios de un territorio en el que apenas se integran, impermeables ante las nuevas costumbres y afianzados, aún con más desesperación si cabe, a sus viejos usos. Hoy el reguetón, el hip hop, las bandas urbanas, el fútbol con asado al aire libre, el picnic improvisado, la música a toda mecha o el botellón ofrecen, por esas periferias, un imaginario barrial que poco tiene que ver con los reductos del flamenco o la reivindicación de la vida charnega tan bien narrada, en nuestra antigüedad espiritual, por Candel, Vázquez  Montalbán, Juan Marsé, Francisco Casavella o Javier Pérez Pérez Andújar.

Tres. Estos son algunos trazos, a pie de calle, de esta Barcelona que hoy se escribe en gerundio, y en la que ya ha hemos pasado de los preliminares pero no vislumbramos todavía el orgasmo. Una ciudad en la que no rematamos, extasiada en un Work in Progress infinito desde el cual la independencia, el federalismo, la regeneración, lo que sea, está siempre, como la emblemática película de Guerín, “en construcción”. Una ciudad en la que la experimentación es marca, modelo y rémora, todo junto.

Con la diseminación de su poder, Barcelona está pasando de ser una ballena inalcanzable –independiente o acosada- a algo parecido a un banco de peces (gracias a esa apuesta por la inteligencia colectiva, los colectivos de creación, la acción social como una de las bellas artes). Esta mutación está, también, rodeada de peligros. Todos sabemos -para mantenernos en las metáforas marineras- que detrás de las sardinas siempre viene el tiburón. Y que no hay banco de peces que no acabe convocando a sus depredadores.

(*) Este artículo apareció originalmente en el suplemento Quadern, de El País, 29 de septiembre, 2016.

El No en On

Iván de la Nuez

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Últimamente, no hacemos más que encontrar un No por respuesta en lugar del Sí que dábamos por sentado.

Después del No británico a seguir en Europa, llega ahora este No colombiano a la firma de paz tras años de negociaciones.

Como si lo que se validara por arriba, finalmente no se asimilara por abajo. O lo que acordara la alta política se desvaneciera entre una muchedumbre que destroza las encuestas.

Así, resulta que las heridas zurcidas en las negociaciones no han cicatrizado carne adentro, donde todavía necesitan tiempo y antibióticos. Y así, cuando parece que todo está amarrado, chocamos con que se vota No a Europa, No al proceso de paz, No a la inmigración, No al acceso social a la medicina. Lo mismo en Inglaterra que en Colombia, en Hungría (en este caso sin validez por baja participación en el reciente referéndum xenófobo) que en Estados Unidos.

Algo falla en la correa de transmisión entre los acuerdos en la estratosfera de la política y sus confirmaciones a ras de suelo. Tal vez porque la política se ha convertido un circuito cerrado que sólo compite consigo misma y sólo tiene ojos para sí misma.

Here, there and everywhere.

El caso es que resulta difícil explicarse este “No” colombiano, salvo entre los que veían en la firma de la paz una rendición del Estado. (Como si el hecho de parar la muerte no fuera suficiente punto de partida para empezar cualquier cosa).

El No sigue en On. Aunque, y esto es lo curioso, no sirva para poner en Off a empresas de encuestas y medios de comunicación que nos aseguran, cada día, que vivimos en la realidad paralela del Sí.

Pioletkult

Iván de la Nuez

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Cada cierto tiempo, Ramón Mercader reaparece en el horizonte, empuña su piolet… ¡y vuelve a matar a Trotsky! Entrenado por su madre para consumar tal destino –con Stalin siempre en el control remoto-, Mercader mantiene vigente el salvoconducto para su eterno retorno en esta cultura sobre la que ejerce una fascinación cíclica.

Acaba de confirmarse con El elegido, película dirigida por Antonio Chavarrías y estrenada recientemente en España. No será la última vez que se asome a la pantalla o a las páginas de un libro. Tampoco la primera.

Este mismo año, por ejemplo, Gregorio Luri ha publicado El cielo prometido: Una mujer al servicio de Stalin, donde desmenuza la vida y contradicciones de los Mercader, en particular la madre del clan. En 2011, Nuria Amat lo abordó en Amor y guerra. (Se da el caso de que Mercader había flotado sobre la familia de la autora como un tabú, un fantasma embarazoso que sólo podía intuirse leyendo entre líneas).

Entre Amat y Luri, dos libros con la palabra “hombre” en su portada. El hombre del piolet, de Eduard Puigventós López (2015) y El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura (2013). En 2007, José Ramón Garmabella había entregado El grito de Trotsky, abundando en el asunto y en alguna medida justificando al “asesino de un mito”.

Ya Jorge Semprún había saldado cuentas con el estalinismo cobijándolo en La segunda muerte de Ramón Mercader (1969). Ya Guillermo Cabrera Infante le había dado cuartel en Tres tristes tigres (1965) y, sobre todo, Mea Cuba (1992). Ya el cine le había hecho un sitio. Aunque si bien su hermana actriz, María Mercader, estuvo casada con Vittorio de Sica, no fue este quien lo llevó a la pantalla, sino Joseph Losey. En El asesinato de Trotsky, 1972, Richard Burton interpreta al revolucionario ruso. A Mercader, un Alain Delon cuyas prestaciones quedan por debajo del Ripley de A pleno sol o el gángster silencioso de El samurái.

Aquí conviene recordar Asaltar los cielos (1996), intenso documental de José Luis López Linares y Javier Rioyo en el que Caridad Mercader alcanza, como quien dice, su definición mejor.

Estas aproximaciones son diversas, evidentemente, y van de la parodia al ajuste de cuentas, pasando por el anti-trotskismo militante o las justificaciones psicológicas del asesinato.

Ramón y Caridad habitan un pozo freudiano en el que aún queda mucha agua para regar la vereda que va del proletkult al “pioletkult”: de la exaltación de la bondad proletaria a la fascinación por la maldad que esta, o en nombre de esta, puede llegar a encarnar.

El “piolekult” se entiende aquí como la Ostalgia. Un capítulo de ese género mayor que me gusta llamar Eastern y que implica la atracción de la cultura occidental por el mundo comunista y sus incontables tramas. Verbigracia de este hechizo, cada cierto tiempo tenemos garantizada nuestra dosis de un Mercader que, como el hombre del saco ideológico, siempre parece dispuesto a abrirle el cráneo a los militantes descarriados.

Pero el “pioletkult” no debe limitarse a la recurrente aparición de este chichiricú de la ortodoxia estalinista. Su abanico es algo más amplio e incumbe, sobre todo, a esa cultura de la purga que ha acompañado a la izquierda en toda su historia. A Trotski no lo mató el imperialismo. Ni el orden burgués. Ni unos sicarios del Chase National Bank. Tampoco murió de su cangrejo moro, ni de dos y dos son cuatro ni, claro está, de un sonetazo (para decirlo con las palabras de un poeta comunista).

A Trotski lo mató el estalinismo, por más que el piolet lo blandiera un tipo que arrastró su complejo de Edipo por todo Occidente hasta llegar al profeta (ya desarmado y desterrado).

El “pioletkult” registra las intrigas de una parte de la izquierda que se cree La Izquierda, y de unos revolucionarios que se creen La Revolución. Se sumerge en las malas artes de los más papistas que el Papa y en las de los Papas que no pueden vivir sin esos papistas. Así que podría contemplar, perfectamente, las cribas de los años de plomo –con damnificados como Roque Dalton o Maurice Bishop, pongamos por caso- que segaron la vida de los “traidores al dogma”.

Visto a distancia, el lenguaje militar clasificaría estas escabechinas bajo el concepto de “fuego amigo”; un incidente en el que acaban muriendo uno o más correligionarios. El problema es que, en este caso, las muertes obedecen a un acto programado y no a un error humano o técnico.

Quiso el destino manifiesto –o el manifiesto comunista- que Mercader cerrara el círculo de su vida en la isla de donde salió su extremista progenitora: Cuba. Allí vivió sus últimos días en el anonimato, añorando Barcelona y condenado al “olvido amigo” del que ahora vuelve a ser, una vez más, rescatado.

Curator McCarthy

Iván de la Nuez

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¿Imaginan al famoso senador Joseph McCarthy realizando una exposición con sus ideas? El Museo del Comunismo, en Praga, es lo más parecido a esa fantasía. Empezando por su ubicación, continuando por el display, y rematando con el sustrato doctrinario que alienta toda la muestra, no hay otra forma de calificar un proyecto que es algo así como una puesta en escena estalinista… ¡contra el comunismo!

Emplazado sobre un casino, y rodeado de todas las mega-marcas imaginables, la misma localización del museo garantiza el contraste entre las privaciones comunistas y la opulencia del nuevo capitalismo. ¿Cómo va a competir una cortadora de salami de los años rojos checos con un Rolex, una cabina telefónica de los tiempos socialistas con Vodafone, las vidrieras peladas del comunismo con los pletóricos escaparates de este barrio turístico?

Pero las cosas no quedan en esa obvia diferencia entre la abundancia y la austeridad. En su énfasis ideológico, este ejercicio de “macartismo curatorial” se vale de las peores armas de aquellos manuales soviéticos que tanto intentamos sortear algunos que crecimos en el comunismo. Como si el capitalismo también necesitara sus Nikitin y sus Rumiantzev para guiarnos en la larga marcha por este Mundo Libre que ha sustituido la vieja ortodoxia comunista por el nuevo evangelio del mercado. Entre la carestía y la carencia se explaya este adoctrinamiento de consumo rápido, que revierte la conocida parodia del paraíso perfecto contra el enemigo grotesco.

¿Alguna posibilidad para sacar conclusiones propias? En el Museo del Comunismo no hay espacio para esa extravagancia. Ni para metáforas, dudas, alegorías. Aquí el osito Misha –la mascota soviética- te recibe con un Kalashnikov. Aquí la matrioshka –la famosa muñeca rusa- te espera con unos amenazadores dientes de vampiro.

Ya en los textos que acompañan el recorrido, las comillas se encargan de liquidar cualquier posibilidad para la duda. Y todo lo que caiga dentro de ellas viene vacunado contra la contaminación. Empezando por Marx –un “bohemio, aventurero e intelectual” (no sabemos cuál de los tres calificativos es peor)- y acabando por la bomba H, que los soviéticos llegaron utilizar tan sólo unos meses después de los norteamericanos. (No hace falta decir que esa premura, y no Hiroshima, fue el peor crimen atómico en los orígenes de la Guerra Fría). Por no mencionar, ya metidos en la confrontación estratosférica entre Estados Unidos y la URSS, el terrible sacrificio de Laika, ese “perro vivo que falleció al pasar la órbita”.

Puesto que bajo el comunismo todo fue un horror, posiblemente el capítulo más decepcionante sea el que debía redimir a sus oponentes: “Underground y Contracultura”. Apenas se le dedica un trozo de pared, en un cuadro acaparado desmesuradamente por Vaclac Havel. Nada de detenerse en los artistas que desafiaron –y alguna vez burlaron- la censura. Mucho menos el intento de pensar la paradoja de que la invasión soviética fue perpetrada, también, contra un Partido Comunista.

Y no es que Havel desmerezca homenajes. Es que le sobra uno -el del culto a la personalidad-, que es justamente el que se le concede.

Llama la atención, asimismo, el escaso despliegue instrumental de los tiempos socialistas -en cualquier casa deben quedar todavía artefactos de sobra para darnos una idea de la historia material de ese sistema-, sobre todo si se nos advierte que el comunismo fue un sistema carente de espiritualidad.

Hay un tufo, en este museo, que huele a conversión. Algo que deja ver la prisa doctrinaria que sirvió a los profesores de Comunismo Científico para pasar, a marchas forzadas, del chip del optimismo socialista al de la euforia capitalista. (Con la misma alegría y la misma incapacidad para la réplica).

¿Es necesario rebajarle la gloria olímpica a Emil Zapotek para denostar el antiguo modelo? ¿Hace falta responder al viejo credo con un maniqueísmo sobreactuado que repite todo lo que se pretende fustigar? El resultado no es otro que un museo infantil, cuyo mensaje nos indica que el comunismo ocurrió casi por casualidad, por un descuido; un mirar para otro lado en el momento menos oportuno.

De refilón, se deja caer la sospecha de que los eslovacos (al parecer la parte maldita de la antigua Checoslovaquia) fueron más culpables; empezando, claro está, por su comunista más encumbrado: Klement Gottwald.

Lo contraproducente es que, si esto lo que tenemos que saber del comunismo –este catálogo de obviedades que mueve más a la risa que al espanto-, es probable que se consiga el efecto contrario al buscado y crezca el interés por lo que se pone en tela de juicio.

Un epílogo dedicado a Corea del Norte cierra este conjunto marcado por el oportunismo político como una de las bellas artes. Algo, por cierto, extendido hoy también en Occidente (aunque, de momento, un poco más sofisticado).

Con la revolución de terciopelo, los checos fueron capaces de liquidar el viejo régimen sin un solo disparo. El Museo del Comunismo, sin embargo, no le hace justicia a esa sutileza ni a esa perspicacia política. Al punto de que, una vez fuera de la exposición, queda la sensación de haber pasado por un laundry donde te lavan el cerebro por 190 coronas. El problema es que este tipo de enjuagues siempre sale más caro que lo que marca el ticket de la entrada.

El adjetivo como puente

Iván de la Nuez

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El paso de los manuales estalinistas a los neoliberales sólo supone un retoque en los adjetivos.

Las zapatillas doradas de Bolt

Iván de la Nuez

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Después de ganar sus carreras, Usain Bolt despliega un repertorio variado de gestos. Hace “El arquero”, baila, se da golpes en el pecho, señala al cielo o la cámara. Hay otra celebración que cumple, sin embargo, un ritual más enigmático. Esa en la que deja cuidadosamente sus zapatillas doradas a un lado y sigue descalzo para acercarse al público.

En principio, puede que sea una manera de continuar la fiesta más cómodo, acaso más liberado. También es plausible que se trate de una fórmula original para darle publicidad a Puma, una de las tantas marcas que anuncia.

Bolt descalzo es todo talento, todo naturaleza, todo Jamaica. Bolt calzado encarna un entramado más complejo y se convierte en el escaparate trasnacional de sus patrocinios. Sin zapatos, es todavía un héroe olímpico. Con zapatos, la máquina millonaria de la nueva era post-olímpica.

Sabemos que la historia del mundo puede explicarse por el lugar que tienen los zapatos en ella. ¿Cómo olvidar el lugar de las botas a la hora de calificar las tiranías? ¿Cómo olvidar los miles de zapatos de Imelda Marcos para hablar de la corrupción? ¿Cómo olvidar que andar descalzos puede remitirnos, directamente, a la miseria?

Cuando Frederick Jameson interpretó al posmodernismo como “la lógica cultural del capitalismo tardío”, concedió un lugar prominente a dos pinturas aparecidas en épocas muy distintas: Los zapatos “campesinos”, de Vincent Van Gogh, y Los zapatos de diamante en polvo, de Andy Warhol. Para este marxista, los zapatos de Van Gogh –glosados anteriormente por Heidegger o Derrida- eran un tesoro para la interpretación y podían, entre otras cosas, evidenciar la pobreza o el abandono del campo por la ciudad en los inicios de la vida moderna. Los zapatos de Warhol, en cambio, ya no decían “nada”, pues pertenecían a una época sin misterio en cuya pintura ya no valía la pena buscar la menor interpretación.

Han pasado más de treinta años desde que Jameson contrastara los zapatos de aquel campesino del siglo XIX con los del urbanita moderno del siglo XX. Así que, tal vez, estemos en condiciones de añadir un nuevo elemento a la comparación. Esas zapatillas del siglo XXI que Usain Bolt se quita ceremoniosamente y que valen, nunca mejor dicho, su peso en oro.

La próxima guerra

Iván de la Nuez

 

En el banco de un parque, esta pintada: “¡Emigrantes, váyanse a la mierda!”. Por ese parque pasan, y en ese banco se sientan, todo tipo de extranjeros. Haciendo fotos, reponiendo fuerzas, mirando un mapa.

Es la tropa multirracial que recorre Europa cada verano, distorsionando la vida de las ciudades desde el negocio, incontrolable, del turismo.

Y son tan extranjeros como los emigrantes a los que el grafiti manda a la mierda, sólo que el rechazo no va con ellos, ni se dan por aludidos, ni reparan en nada que no sea la próxima catedral, el próximo restaurante, los próximos espectáculos.

Son bienvenidos porque llegan para gastar el dinero, mientras que los emigrantes son “malvenidos” porque vienen a buscarlo.

Hay un momento en que el turista deseado y el emigrante denostado coinciden en tiempo y espacio, justo cuando uno le sirve al otro. Ese instante en que la economía de servicios los pone frente a frente, aunque en posiciones distintas.

El emigrante de estos días personaliza la masificación del exilio, de la misma manera que el turista encarna la masificación de la utopía. En sus respectivos desplazamientos, hay una pérdida de envergadura épica. Como si uno respondiera a la economía low cost y el otro a una política low cost.

Cuando el mundo sea, por fin, orwelliano (y eso acabará ocurriendo, no lo duden), es muy posible que estalle la guerra entre turistas y emigrantes. Ese western inapelable en medio del cual los últimos nativos quedarán atrapados. Atribulados entre seducir a los primeros y expulsar a los segundos.

Poder

Iván de la Nuez

 

Queremos poder gobernar en coalición.

Queremos poder gobernar.

Queremos poder.